Alemania en el mundo

de Gregor Schöllgen

El siglo XX fue un siglo de convulsiones sin precedentes. Tres conflictos mundiales –las dos Guerras Mundiales, la Guerra Fría– y una serie de virajes revolucionarios dejaron profundas huellas en el devenir de los Estados y los pueblos, tanto más en el caso de Alemania, por cuanto este país situado en pleno corazón de Europa ora tuvo una responsabilidad decisiva en los acontecimientos, como el estallido de las dos guerras mundiales, ora se vio particularmente afectado por los procesos vividos, como la Guerra Fría o la incipiente disolución del orden mundial bipolar a finales de la década de los ochenta. El desmoronamiento del orden mundial posbélico confrontó a los alemanes con una situación interna y externa absolutamente novedosa. En ese caso salieron beneficiados de la dinámica política que culminaría en la disolución de la Unión Soviética a finales de 1991, puesto que dicho proceso no solo les depararía, en 1990, la unificación de sus dos Estados separados sino también, a raíz de la misma, la plena soberanía nacional al cabo de casi medio siglo.

Al dar su consentimiento a la unificación de Alemania, las otrora víctimas y adversarios no solo pusieron en valor el proceso alemán de depuración desarrollado durante las cuatro décadas anteriores, sino que unieron a ello la esperanza de que los esfuerzos constructivos e integradores de los alemanes a lo largo de aquella etapa tenderían un puente sólido hacia el futuro. Que esa nueva orientación tuviera éxito se debió en buena medida a la política exterior alemana, tal como se había decantado y consolidado a partir de la fundación de la República Federal en 1949. La confluencia de posiciones en un amplio consenso en materia de política exterior y en determinadas líneas de continuidad fue y es uno de los rasgos distintivos de la cultura política. Desde los tiempos de Konrad Adenauer, el primer Canciller Federal (1949–1963), esas constantes son la asociación transatlántica y la integración europea, la promoción de relaciones de buena vecindad –en primer lugar con Francia, cosa que la política exterior alemana ya propugnó desde comienzos de la década de los cincuenta– y asimismo el delicado proceso de reconciliación con Israel, iniciado igualmente en fecha temprana. Suena a sobreentendido, pero ante el telón de fondo de la política histórica de Alemania y de las guerras de la primera mitad del siglo XX y en vista de las rígidas coordenadas imperantes en la Guerra Fría se trataba de un reto de considerables dimensiones.

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