Madre Nieve

Madre Nieve Ampliar imagen (© picture alliance/akg-images)

Una viuda tenía dos hijas de las que una era hermosa y hacendosa y la otra fea y holgazana. Pero ella quería más a la fea y holgazana porque era su propia hija, y la otra tenía que hacer todos los trabajos y ser la Cenicienta de la casa. Todos los días la pobre niña tenía que sentarse junto al pozo de un gran camino e hilar hasta que le sangraban las manos. Aconteció un día que el huso estaba tan ensangrentado que se inclinó para lavarlo en el pozo. Pero se le escurrió de las manos y cayó a las profundidades. Rompió a llorar, corrió ante la madrastra y le comentó la desgracia. Pero aquella la riñó tanto y fue tan despiadada que dijo: «Si has dejado caer el huso, tendrás que recuperarlo.» La niña volvió al pozo y no sabía qué hacer; y en su angustia saltó al pozo para recuperar el huso. Pero perdió el conocimiento y, cuando despertó y volvió en sí, se encontraba en un hermoso prado en el que lucía el sol y había miles de flores. Caminó por el prado y llegó a un horno de leña lleno de pan. El pan gritó: «¡Ay, sácame, sácame, que si no me quemaré!; ya hace rato que estoy bien cocido.» Así que la niña se acercó y, una a una, sacó todas las hogazas con la pala de horno. Después prosiguió su camino y llegó a un árbol repleto de manzanas que le gritó: «¡Ay, agítame, agítame, todas las manzanas estamos ya maduras!» Así que la niña agitó el manzano, hasta que cayeron las manzanas como una lluvia llovieran y no quedó ninguna en las ramas.

Cuando las hubo amontonado, siguió su camino. Por fin llegó a una casita a la que estaba asomada una anciana. Pero como tenía unos dientes tan grandes, la niña sintió miedo y quiso salir corriendo. Sin embargo la anciana le gritó: «¿Por qué tienes miedo, niña querida? Quédate conmigo y, si haces bien todas las labores de la casa, te irá bien. Sólo debes preocuparte de hacer bien mi cama y de sacudir bien el edredón, para que las plumas vuelen; entonces en la Tierra estará nevando. Soy la Madre Nieve.» Como la anciana le habló con tanta amabilidad, la niña se armó de valor, accedió y entró a su servicio. Todo lo cumplía a satisfacción de la anciana y sacudía el edredón con fuerza, así que las plumas revoloteaban como si fueran copos de nieve. A cambio vivía bien, no oía ni una mala palabra y todos los días había carne cocida y asada. Cuando hubo pasado ya un tiempo con la Madre Nieve, la niña empezó a sentirse triste y al principio ni ella misma sabía lo que le pasaba. Por fin se percató de que sentía añoranza; aunque aquí estuviera mil veces mejor que en casa, quería volver. Así pues al fin le dijo a la anciana: «Tengo añoranza de mi casa y, aunque aquí estoy muy bien, no puedo quedarme por más tiempo. Debo regresar con los míos.» La Madre Nieve replicó: «Me gusta que desees volver a tu casa y, como me has servido tan fielmente, yo misma te acompañaré.» La tomó de la mano y la llevó ante un gran portón. El portón se abrió y, cuando la niña se encontraba bajo el dintel, cayó una abundante lluvia de monedas de oro y todo el oro se le quedó adherido al cuerpo, de modo que estaba del todo cubierta de él. «Te corresponde por haber sido tan hacendosa», dijo la Madre Nieve y le devolvió también el huso que se le había caído al pozo. Después el portón se cerró y la niña se encontró de nuevo arriba en la Tierra, no lejos de la casa de su madre. Y cuando llegó a la granja, el gallo que estaba posado en el pozo cantó:

«Quiquiriquí,

nuestra doncella dorada ya está aquí.»

Así que la niña entró en casa de su madre y, al estar toda cubierta de oro, fue bien recibida por la madre y la hermana.



La niña contó todo lo que le había acontecido y, cuando la madre oyó, cómo había alcanzado tamaña riqueza, quiso que su otra hija fea y holgazana tuviera la misma fortuna. Hubo de sentarse al borde del pozo e hilar; y para que su huso estuviera ensangrentado, se hirió en los dedos y clavó la mano en unas espinas. Después tiró el huso al pozo y ella misma se lanzó dentro de él. Al igual que la otra, llegó al hermoso prado y continuó por la misma senda. Cuando llegó al horno panadero, el pan volvió a gritar: «¡Ay, sácame, sácame, que si no me quemaré!; ya hace rato que estoy bien cocido.» Pero la holgazana contestó: «Pues sí que tengo yo ganas de ensuciarme» y se alejó. Pronto llegó al manzano que gritó: «¡Ay, agítame, agítame, todas las manzanas estamos ya maduras!» Pero ella contestó: «Lo que faltaba, podría caerme una en la cabeza» y prosiguió su camino. Cuando llegó a la casa de la Madre Nieve no se asustó, porque ya sabía de sus grandes dientes, y enseguida entró a su servicio. El primer día hizo un gran esfuerzo, estuvo hacendosa y obedecía a la Madre Nieve cuando ésta le decía algo, pues pensaba en la gran cantidad de oro que le regalaría. Pero al segundo día ya empezó a holgazanear, al tercero más aún, tanto que por la mañana no quería siquiera levantarse. Tampoco le hizo la cama a la Madre Nieve como era debido ni sacudió el edredón para que volaran las plumas. Así que la Madre Nieve pronto sintió hartazgo y la liberó del servicio. La holgazana estaba muy contenta y creyó que ahora llegaría la lluvia de monedas de oro. La Madre Nieve la llevó también ante el portón, pero cuando se encontraba bajo el dintel, en lugar de oro se derramó un caldero lleno de pez: «Esto es en recompensa por tus servicios», dijo la Madre Nieve y cerró el portón. La holgazana regresó a su casa, pero estaba toda cubierta de pez y, cuando la vio, el gallo posado en el pozo cantó:

«Quiquiriquí,

nuestra sucia doncella ya está aquí.»

Pero la pez quedó adherida a ella y jamás se desprendió mientras vivió la joven.